Historia de una cortesana
Historia de una cortesana Si, al contrario, quería proseguir por el camino en el que ya estaba iniciada, vida de aventuras, de caprichos y altibajos, érame forzoso conservar los muebles y la casa, y echarme a correr nuevos amoríos.
Mi carácter, ¡ay!, me empujaba hacia este último partido, y Amanda, que era para mí lo que seis mil años antes, la serpiente había sido para Eva, me instigó a tomar esta resolución, que fue la que, por fin, prevaleció.
Dios, que es el representante de la misericordia, y no el de la venganza, no exige que yo narre en sus pormenores el año que se siguió, en el que cumplí la edad de diez y nueve.
Todas las fases de la aciaga existencia de la mujer que vive de su belleza, fueron recorridas por mí, y experimentados todos los pesares y devoradas todas las afrentas. Si no las explico aquí, no es por haberlas olvidado: es que la fuerza me abandona y no puedo volver a pasar, ni siquiera en alas del recuerdo, por la misma senda. Diré simplemente que al cumplirse un año de mi vuelta a la casa de Piccadilly, salía de ella, después de haberme desprendido de muebles y joyas, pobre y abandonada, y no poseyendo de los restos de mi antiguo esplendor, nada más que el vestido de seda que llevaba encima.