Historia de una cortesana
Historia de una cortesana ¿Cómo había caído en miseria tan honda, que la propia Amanda, causa de mi perdición, me había abandonado? Preguntadlo a la fatalidad, que ella sola podría decirlo; la fatalidad, que se complacía en hacerme rodar por la escalera humana abajo, y subir nuevamente sus peldaños, hasta lo más enhiesto de ella.
Todos los detalles de aquel terrible día están grabados en mi memoria. Fue el viernes 26 de octubre de 1782, a las once de la mañana, con un tiempo frío y brumoso: aquel día salí de la casita de Picadilly.
Me había desayunado con un pedazo de pan y un vaso de agua, y no estaba muy segura de tener, a la hora de la comida, otro pedazo de pan.
Salí sin rumbo fijo. Caminaba a ciegas, tropezando con los transeúntes. Pronto me encontré en la calle Oxford. El azar me había guiado.
Entonces reconocí el lugar. Estaba casi delante del hotel de miss Arabela; me paré un instante. En ese breve espacio de tiempo, un coche salió del patio y avanzó hasta el pie de la gradería; una mujer, completamente envuelta en un valioso manto de seda guarnecido de encajes, subió en él, seguida de un elegante caballero; el coche arrancó, y pasó salpicándome de lodo. Aquella mujer era miss Arabela; respecto a su acompañante, que probablemente era un nuevo adorador, no le conocía.
El vehículo desapareció por la calle High.