Historia de una cortesana

Historia de una cortesana

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¿Por qué aquella mujer, que tal vez no tenía una cuna mejor que la mía, que no me aventajaba en belleza, continuaba rica y dichosa, al paso que yo, que también había sido tan feliz y tan rica como ella, la contemplaba, pobre y miserable, eclipsada por el boato que ostentaba?

Eso me pareció una inexplicable crueldad de la suerte.

Largo rato, quizás media hora, permanecí inmóvil en aquel sitio; y habría permanecido en la misma posición más tiempo todavía, a no ser porque la gente empezó a formar corro en torno mío, lo cual hizo que un agente de policía me preguntase qué hacía allí, semejante a una estatua, muda y los pies metidos en el barro.

Le respondí que, habiendo visto salir en coche a una señora de mi conocimiento, esperaba su regreso para hablar con ella.

—Siga usted su camino —me dijo bruscamente el policía—; esta no es hora de poder pasarse en las aceras las mujeres de su condición.

Estas palabras penetraron en mi corazón como un hierro candente. Di un salto, y me alejé.

A poco de caminar, me encontré frente a la joyería del señor Plowden. Dorante el mes que estuve empleada en casa de dicho señor, la vida no había sido para mí ni feliz ni brillante; pero, a lo menos, era tranquila.


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