Historia de una cortesana
Historia de una cortesana Me detuve a mirar el interior de la tienda; pero, recordando la insultante observación que acababa de dirigirme el agente de policía, reanudé la marcha.
Subí por el Strand hasta la calle de King’s William, y de esta llegué a Leicester square; y, ¡rara coincidencia! mis ojos tropezaron con la casa del señor Hawarden, que tan paternalmente me acogió el día de mi llegada a Londres.
Empezó a llover, cada vez con más violencia; pero me encontraba en tal estado de insensibilidad, que no me daba cuenta de que estaba calada hasta los huesos. La casa del señor Hawarden conservaba siempre su típico aspecto de honrada austeridad. Me senté en las gradas de una especie de teatro ambulante, levantado en medio de la plaza.
Tenía enfrente la puerta de la casa del señor Hawarden. Permanecí allí más de dos horas, aguantando la lluvia, sintiendo las primeras mortificaciones del hambre, pero demasiado altiva para ir a pedir un pedazo de pan a la hospitalaria casa.
En la situación extrema a que había llegado, acaso hubiese podido contar con dos recursos; pero me era imposible emplearlos.
Sheridan, no podía prestarme ninguna utilidad, por haberse incendiado el teatro de Drury Lane, cuyo director era, y entre cuyo personal escénico me habría sido posible figurar.