Historia de una cortesana

Historia de una cortesana

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Con respecto a Rowmney, ignoraba su dirección.

Necesitaba un socorro pronto y eficaz; tenía hambre, y no sabía dónde comer. Llegaría la noche, y tampoco sabría bajo qué techo abrigarme.

Levanté los ojos al Cielo, probando a deponer su cólera por medio de una mirada suplicante.

En aquel momento pasaba un coche a pocos pasos de mí. Se paró, abriose la portezuela; una mujer de cuarenta a cuarenta y cinco años, abrigada con rico cachemir de la India, descendió y vino en dirección al sitio en que yo me hallaba, soportando la lluvia que caía.

Había en las maneras de esa mujer una mezcla de cinismo y de vulgaridad que contrastaba con su porte elegante.

No pudiendo suponer que fuese yo el objeto de sus pasos, incliné la cabeza, apoyando mi frente entre ambas manos.

Llegó a mi lado, y me tocó el hombro.

Levanté la cabeza. La mujer estaba en pie delante de mí. Me clavó una desvergonzada mirada, y dijo en alta voz:

—¡A fe mía, es hermosa, muy hermosa!

Yo la miré con asombro.

¿Qué me quería aquella mujer?

—¿Por qué está usted así expuesta a la lluvia? —me preguntó.

—Porque no sé dónde ir —le respondí.


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