Historia de una cortesana

Historia de una cortesana

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—Cuando se tiene una cara como la suya, nunca hay obstáculo en dar con un albergue.

—Sin embargo, ya ve usted lo que me ocurre.

—¿Por qué está usted pálida?

—Porque tengo frío y hambre.

—¿Está usted enferma?

—No; pero lo estaré si paso la noche en la calle.

—¿Quién la obliga a pasar la noche en la calle?

—¿No le he dicho que no sé dónde ir?

—Venga a mi casa.

La miré de nuevo.

—¿Quién es usted? —pregunté.

—Soy una mujer que le ofrece lo que usted no tiene: alimento, habitación, vestidos, dinero.

—¿Y a qué precio?

—Ya lo sabrá; por lo pronto, despachemos, pues, conversando con usted, estoy echando a perder, además de mi tiempo, el chal y el sombrero.

Yo titubeé.

—Entonces, buenas tardes, hermosa joven.

Y dio un paso hacia su coche.

—¡Señora!, ¡señora! —grité.

—¿Se decide usted?

—Si sus proyectos no me convienen, ¿quedaría en libertad de dejarla a usted?


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