Historia de una cortesana

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—Completamente, reembolsándome, en todo caso, los anticipos que hubiese tenido que hacerle.

—Voy con usted, señora.

Me levanté; mi ropa chorreaba.

—Colóquese en el asiento delantero, y encójase todo lo que pueda… ¡Está usted en un deplorable estado!… A propósito, ¿no tiene usted nada pendiente con la policía?

—¿Yo?

—Sí, usted.

—¿Qué cosas puedo yo tener que arreglar con la policía? He salido de mi casa esta misma mañana.

—¡Ah!, ¿estaba usted en su casa?

—Sí.

—¿Y dónde la tenía?

—En Piccadilly.

—Pero Piccadilly no es uno de nuestros barrios.

—¿Uno de nuestros barrios? No la entiendo.

Me miró e hizo una mueca.

—Todo eso respira un aire de honradez que encaja muy bien —murmuró.

—Señora —le dije, casi asustada de la vulgaridad de su lenguaje—, si se arrepiente usted del ofrecimiento que acaba de hacerme, estoy dispuesta a bajar del coche.

—No, quédese usted.

Y cerrando la portezuela, dijo al cochero:


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