Historia de una cortesana
Historia de una cortesana —Pues, entonces, deje usted que la contemple cómodamente. Me ratifico en mi primera opinión: es usted muy bella.
Estos elogios empezaban a alarmarme, aunque no habÃa realmente ningún motivo de sobresalto.
—Ruego a usted, señora, se sirva permitir que yo misma me vista.
—Aquà tiene usted su ropa blanca; puede usted vestirse. Déjeme usted solamente que le diga una cosa: la fortuna está en sus manos, y, si usted no es tonta, no se le escapará. ¿Lo oye usted?
—SÃ, señora, he oÃdo; pero confieso que no la entiendo muy bien.
—¡Bueno, bueno!, ¡miss Clarice! se le enviará a usted alguna persona que se explicará con más claridad. VÃstase usted a su gusto, y si algo necesita, toque el timbre. Hasta luego, hermosa niña; no se haga usted la mojigata, y todo marchará a pedir de boca.
Y la señora Love salió, seguida de la camarera, que habÃa depositado la muda de ropa encima de un sillón.
Quedé sola, permanecà un instante pensativa e inmóvil.