Historia de una cortesana
Historia de una cortesana Al fin, empecé a vestirme pausadamente. Al contacto de aquellas finísimas telas, y recordando, mejor dicho, vibrando todavía en mis oídos las palabras de la señora Love, que me auguraba una fortuna si sabía explotar mis encantos, extendí los brazos, y murmuré:
—¡Venga esa fortuna! Estoy pronta a recibirla.
Inmediatamente después que me hube vestido, vi que se abría la puerta y que traían una mesa con un servicio de dos cubiertos.
El segundo cubierto anunciaba que seríamos dos comensales. La Fortuna, al volver a mí, lo hacía por los misteriosos derroteros de costumbre; pero, me parecía que, esta vez, se portaba muy pródigamente con la pobre Emma.
Colocaron la mesa delante de la chimenea, y la puerta volvió a abrirse, dando paso a un hombre de cuarenta a cuarenta y cinco años.
Estaba elegantemente vestido, aunque su elegancia consistía más en el porte de su persona que en la riqueza de su traje, que era de terciopelo granate guarnecido de negro, chaleco bordado de seda blanca y medias de seda negra.