Historia de una cortesana
Historia de una cortesana Una corbata blanca; camisa con pechera de encaje inglés, zapatos con hebillas de brillantes, un sombrero tricornio galoneado de seda negra, completaban la indumentaria del desconocido, que, con sus lentes de oro, tenÃa un cierto aire de magistrado o bien de hombre de ciencia.
Al verle, me levanté, confusa y enojada a la vez; pero, comprendiendo en el acto que la casa y la situación en que me encontraba, no me autorizaban a ser rebelde, me hundà de nuevo en el sillón, temblando y resignada.
El desconocido viéndome palidecer y enrojecer alternativamente, comprendió mi turbación, y, acercándose a mÃ, me dijo con extrema delicadeza:
—Perdón, señorita, si me presento ante usted sin haberme hecho anunciar; pero me urge saber si es usted tan buena como hermosa.
Balbuceé algunas palabras ininteligibles. Por mucho que hubiese descendido en mis dÃas de miseria, nunca habÃa llegado a ser, sin preparativos y sin transición, propiedad del primer intruso. Contra mi voluntad, las lágrimas se me agolparon a los ojos.
—¡Oh! —exclamé—. ¡La miserable!
El desconocido me miró con algún asombro, y como para asegurarse de que era sincero el llanto que yo vertÃa.