Historia de una cortesana
Historia de una cortesana —Señorita —añadió—, mi costumbre de estudiar fisonomÃas me permite ver desde luego que estoy en presencia de una persona distinguida, a quien un montón de circunstancias desgraciadas, que yo no tengo el derecho de indagar, han colocado en una posición equÃvoca. Me apresuro, pues, a tranquilizarla. No vengo a hablarle de amor, por más que su belleza hace creer que, con usted, no es posible otra conversación.
—¡Oh, señor! —exclamé—, la belleza es muchas veces una gran desgracia.
El desconocido sonrió.
—Una desgracia —objetó—, de la que toda mujer se consuela fácilmente. La belleza, señorita, es la Divinidad manifestándose en la tierra; permita usted, pues, a un apóstol del gran culto universal, depositar a sus pies el testimonio de su pleitesÃa.
El tono enfático con que habÃa pronunciado las últimas palabras, me hizo sonreÃr bien a pesar mÃo.
—Perdón, señor —le dije—, pero me parece que acaba usted de prometerme que sus labios no pronunciarÃan una palabra de amor.
—¿Y en qué he faltado a mi palabra, señorita? Un cumplido no es una declaración.
Cada vez comprendÃa menos.