Historia de una cortesana
Historia de una cortesana Dirigí una postrera mirada a aquel rincón que fue el Edén de mi juventud, y que se me representa aún con su tupido arbolado de encinas y de enebros, su meseta cubierta de matizados arbustos, su manantial que salía impetuoso del seno de la tierra y se precipitaba por el valle formando pequeñas cascadas. Ricardo estaba ocupado en quitar con su cuchillo la corteza de una vara; los carneros pastaban acá y acullá, a cortos pasos de él; Blak se había tumbado, mirándome tristemente. Por mi parte, ni siquiera se me ocurrió llamarlo para prodigarle algún consuelo. El pobre, cuando me vio, había intentado, hacerme comprender que su cariño continuaba siendo el mismo; pero no me había dicho, como Ricardo, que era bonita.
Aquella fue mi primera ingratitud.
En cambio, mostreme excesivamente reconocida para con Ricardo, como se verá más adelante.
El día siguiente, según lo convenido, mi madre me acompañó al establecimiento de la señora Colmann. Fui recibida como se recibe, los primeros días, a todo alumno recién entrado y a toda religiosa en el período de noviciado. A las subdirectoras se les previno que me guardasen toda suerte de miramientos, y la misma señora Colmann condujo a mi madre al dormitorio, le mostró la limpia y recién preparada cama que me habían destinado, y, uno tras otro, todos los útiles y enseres de tocador elegidos para mi uso.