Historia de una cortesana

Historia de una cortesana

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Me despedí de mi madre sin verter muchas lágrimas.

Me preguntaron de cosas que ya conocía. El examen no fue largo. No sabía nada más que mis oraciones de la mañana y de la noche, conforme al rito anglicano, en el cual había sido educada. De lectura y escritura, no había para qué hablar. Ni siquiera conocía las letras de mi nombre. Hubo, pues, imperiosa necesidad de ponerme a deletrear, lo que equivale a decir que me pusieron en la clase de las niñas de cinco a seis años, entre las cuales era yo la mayor, pues tenía nueve.

Fue una grande humillación para mí; pero, en tal circunstancia, mi orgullo, que a menudo fueme tan funesto, me resultó beneficioso aquella vez. Teniendo vergüenza de estar en la clase inferior, realicé esfuerzos inauditos para encontrarme en aptitud de pasar a las superiores. A los tres meses leía medianamente y empezaba a escribir. Entonces me pasaron a la clase de aritmética y de inglés, donde permanecí siete u ocho meses, al cabo de los cuales entré en la llamada clase de las mayores.

Había ya conseguido algunos progresos en dichas materias, cuando cierta mañana vino mi madre a notificarme, anegada en lágrimas, que mi protector, el conde de Halifax, acababa de morir de resultas de una caída de caballo, y sin habernos dejado nada de herencia.


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