Historia de una cortesana
Historia de una cortesana Mi pensión, pagada por anticipado, vencía al cabo de un mes; pero, transcurrido ese plazo, mi madre se veía obligada a suspender mi educación, por falta absoluta de recursos con que sufragar los gastos que la misma originaba.
La noticia de que la pequeña campesina, cuyos progresos habían con frecuencia humillado a muchas de sus condiscípulas, iba nuevamente a verse en situación de tener que guardar carneros, produjo general alegría en la clase superior, a la que pertenecían las tres enemigas mías que habían conservado hacia mí un rencor invencible. Inspiré alguna lástima entre las más pequeñas, varias de las cuales me habían otorgado su amistad. Al despedirse de mí, la señora Colmann simuló que se enjugaba una lágrima, para dar buen ejemplo a las pensionistas; pero ni siquiera por pura fórmula me invitó a continuar gratuitamente en su casa para completar mi educación, por más que solía decir, singularmente cuando mi madre venía a pagar el trimestre, que yo sería, a la vuelta de dos o tres años, el orgullo de su establecimiento.
Salí de este, llevándome todos mis objetos de tocador y un vestido de uniforme completamente nuevo, cuyo uso me fue terminantemente prohibido por la señora Colmann, dado que había yo dejado de pertenecer a su colegio.