Historia de una cortesana
Historia de una cortesana Por fin, advirtió mi presencia; quedó un instante inmóvil y mirándome.
Luego se levantó, dando un paso hacia mí.
—¿Qué se le ofrece a usted, hija mía? —me preguntó.
Me faltó la voz y caí desvanecida.
Viendo la palidez de mi rostro y el temblor de mis miembros, tocó el timbre, y el ayuda de cámara se presentó.
—¡Esta joven se encuentra mal! —exclamó sir Guillermo—; ¡ayúdame!
El sirviente obedeció, entre los dos me colocaron en un canapé. Con el movimiento, se me soltó el sombrero y los cabellos se desdoblaron.
—¡Sales, que traigan sales! —pidió sir Guillermo.
El criado salió corriendo y volvió con un frasco de sales, que lord Hamilton me hizo aspirar.
Abrí los ojos que mantenía cerrados, debido más al miedo que a mi desfallecimiento.
—¡Ah, milord —murmuré—, cuán bueno es usted!
Y me arrojé a sus pies.
Él me miró con creciente asombro.
—Es preciso que usted venga a pedirme alguna cosa imposible, señorita —me dijo—, para que dude de obtenerla.