Historia de una cortesana
Historia de una cortesana Apoyé mi cabeza entre ambas manos, y rompà a llorar.
—¡Oh, milord, milord —sollocé sin levantar la cabeza—; si usted supiese quién soy!
—¿Quién es usted?
—El ser que más odia usted en el mundo.
—Yo no odio a nadie, señorita —replicó sir Guillermo.
—Pues, en tal caso, el ser que mayor desprecio le merece.
Se llevó la mano a la frente.
—¡Emma Lyón! —balbucÃ.
—¡Imposible! —exclamó retrocediendo—; ¡imposible!
—¿Por qué es imposible, milord?
—Una mujer perdida no puede tener semejante rostro.
—Un corazón generoso como el de su sobrino, milord, no se habrÃa entregado a una mujer perdida.
—¿Es verdad lo que me han dicho, o es un tejido de mentiras?
—¿Qué le han dicho a usted? Estoy pronta a responderle francamente. En mi situación, la primera de las virtudes es la franqueza.
—Hanme dicho que su madre era una moza de labranza y que usted habÃa guardado rebaños…
—Es verdad, milord.