Historia de una cortesana
Historia de una cortesana Confieso que en aquella situación eché mano del arte de la coquetería. Como no podía adivinar el sentimiento que impulsaba a sir Guillermo a dirigirme esta serie de preguntas, solo vi el lado insensible y egoísta, y me parecía que había crueldad en rogarme que cantase en semejante coyuntura; por lo que, obligada a obedecerle, quise a lo menos sacar todo el partido posible de mi obediencia en provecho de nuestro amor.
Llamé en mi ayuda a todos los recursos mímicos de que la naturaleza me había dotado; tomé asiento frente a mi harpa, y, la frente apoyada en ella, sueltos al aire mis cabellos que me caían sobre los hombros, desesperada y quejumbrosa como Desdémona, recorrí las cuerdas del instrumento arrancando algunos acentos lastimeros y entoné una emocionante balada del Sauce.
En casa de sir Harry y en la de Rowmney, había cantado con frecuencia esta poética queja, y siempre con grande éxito; pero esta vez, más que ninguna otra, me sentía conmovida.
Hice una pausa. Observé que sir Guillermo tenía el alma entera suspendida de mis labios.
Continué:
Un cristalino arroyo murmuraba en el erial
antes de perderse en el desierto…
del verde sauce tejeré mi guirnalda.
¡Canta, canta, sauce verde!