Historia de una cortesana
Historia de una cortesana Una mañana, la hermana de Ricardo, Amanda Strong, vino a anunciarnos que su madre había encontrado el solicitado empleo. Tratábase de entrar en calidad de niñera y maestra de primeras letras en casa de míster Tomás Hawarden, que llevaba, no sé cómo ni por qué, el nombre de la ciudad donde residía. Era cuñado del último aldermann[1] Boydel y padre del ilustre cirujano de la plaza Leicester.
El puesto que se me ofrecía, distaba mucho de llenar mis ambiciones; pero era preciso vivir, y no estaba en mí la elección de los medios.
Me arreglaron un ajuar con los restos del que había usado en el colegio; se reformó mi vestido azul celeste en otro ordinario, y, como quiera que ganaba doce chelines mensuales, además de casa y comida, acordose que los ahorros serían aplicados a la reparación de mi incompleto vestuario.
Suponía para mí una grande humillación tener que regresar a Hawarden en una condición rayana con la servidumbre; pero ello era uno de los innúmeros caprichos del dios Azar, que parecía complacerse encumbrándome unas veces, humillándome otras.
¡Bien sabes tú, Dios mío, que siempre te he bendecido e implorado con mayor ternura y gratitud en la desgracia que en la cúspide de mi grandeza!