Historia de una cortesana
Historia de una cortesana No puedo dejar Roma sin hacer mención en este lugar de algunos apuntes sobre los hombres y las cosas. La comparación que hice de nuestras costumbres septentrionales con las del Mediodía quedaron tan hondamente fijas en mi memoria, que, treinta años después, el retrato de los hombres y el relato de los hechos son de una exactitud tal, como si las líneas que se siguen hubiesen sido trazadas en 1788, a mi paso por Roma.
Lo que desde un principio llamó mi atención al llegar a Roma es la diferencia relativa que había en los precios de todo. Un coche de alquiler cuesta en Londres una guinea diaria; en París, diez y ocho libras; en Roma, siete u ocho solamente.
La misma proporción rige en los hoteles. En Londres, una habitación mediana, cuesta una guinea al día; en París, quince libras; en Roma, apenas diez libras.
Lo caro en Roma, no es el carruaje, ni los alquileres, ni la comida; es innegable que se come muy mal, pero lo que resulta caro, es la buena mano, en otros términos, la propina. No se visita la casa de una persona distinguida, un cardenal, por ejemplo, sin que al otro día los criados dejen de presentarse en la vuestra pidiendo una propina.