Historia de una cortesana

Historia de una cortesana

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El banquero de mi esposo en Roma era un hombre demasiado notable para que yo no me ocupe de paso en dedicarle algunas palabras. Llamábase Tomás Jenkens, era inglés de nacimiento, y primitivamente había cultivado la pintura; pero, habiendo comprendido que nunca pasaría de ser un pintor adocenado, se contentaba, sin descuidar las funciones de banquero, con ser un conocedor hábil, muy versado en la teoría de todo lo relacionado con la pintura, y al mismo tiempo un arqueólogo cuya opinión era mirada como infalible o poco menos, en materia de camafeos y de cuanto cae en el dominio de la arqueología.

La antigüedad le era muy familiar, y, para completar su elogio, diré que a menudo se le consultaba en casos de duda, y uno de los que a él acudían era el cardenal Alejandro Albani —que no se debe confundir con el cardenal Francisco— por el célebre Winkelmann, autor de la Historia del arte en la antigüedad; y también el ilustre Rafael Mengs, uno de los mejores pintores de la escuela moderna, fallecido hace diez años.

Esta amalgama del comercio de estatuas, medallas y camafeos, con el de banquero, había hecho de Jenkens uno de los más opulentos capitalistas de Roma.


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