Historia de una cortesana

Historia de una cortesana

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—Mañana lo sabrá usted.

Al otro día, cuando habíamos almorzado, se presentó en nuestra casa y pidió hablar a solas con sir Guillermo, quien lo condujo consigo a su despacho.

Cinco minutos después, sir Guillermo volvió riendo y llevando de la mano al obispo.

—Querida Emma —dijo—, aquí tienes a milord Hervey que se lisonjea de haberse enamorado de ti, con tanta vehemencia, que le mataría la pena si se separarse de tu lado. Solicita, pues, permiso de acompañarnos a Nápoles. Como supongo que no quieres la muerte de uno de nuestros más ilustres pares y más encumbrados dignatarios eclesiásticos, he accedido a su ruego, y Su Grandeza no espera más que tu asentimiento para ser el más orgulloso de los hombres y el más feliz de los obispos.

No inspirándome ningún temor los setenta y dos años de monseñor de Bristol, estimé que no debía ponerme en abierta oposición con sir Guillermo Hamilton por causa de una tan inocente solicitud.

Tendí la mano a monseñor de Bristol, que él besó con señales de viva alegría, y se determinó que desde aquel momento quedaba agregado monseñor Bristol a la embajada de Inglaterra con el carácter de gentilhombre a mi servicio.


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