Historia de una cortesana

Historia de una cortesana

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El ministro más importante era el conde de Lemberg. Era un hombre tan notable bajo todos aspectos como insignificante el conde de Sa. Generalmente se le tildaba de orgulloso; pero sea que ese reproche fuese injusto, sea que M. de Lemberg juzgase que ante el ministro de la Gran Bretaña sería ridículo semejante defecto, nunca tuvimos ocasión de notarlo. Lo que le había dado esta reputación entre los napolitanos era su malquerencia hacia los cortesanos de que estaba plagada la corte de Nápoles.

Desde el primer día que le vi, observé una cosa: daba su opinión acerca de los más altos personajes de la corte con los miramientos que le habría merecido el último de los lazzaronis.

La conversación recayó sobre el caballero Acton, y el ministro de Toscana se aventuró a hacer el elogio de este favorito.

Pero el conde de Lemberg, dibujando en sus labios una expresión de supremo desdén, dijo:

—Ese hombre habría sido un buen corsario, y nada más. Posee las aptitudes y tiene las trazas de un pirata, a lo cual debe probablemente su encumbramiento.

Se asegura que en una discusión que tuvo con la reina, le dijo, a propósito de ese mismo Acton:


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