Historia de una cortesana
Historia de una cortesana La casa de sir Guillermo Hamilton, a nuestra llegada a Nápoles, no estaba preparada para recibir a una mujer; era un museo de sabio y de anticuario consagrado por completo a la geologÃa, a la numismática y a la estatuaria. El pasado tuvo necesidad de ceder un puesto al presente.
Debo hacer justicia a sir Guillermo, declarando que no me escatimó ninguno de sus tesoros, y que escogÃ, en el inmenso primer piso del hotel ocupado por la embajada inglesa, tres cámaras destinadas a formar mi departamento particular, sin haberse permitido a las lavas del Vesubio, a las medallas de los Césares, a los fragmentos de los Apolos y de las Venus la menor protesta contra mÃ.
Por otra parte, es tal mi coqueterÃa instintiva, que quise halagar a todas esas antigüedades, nuestros viejos sabios inclusives. Al cabo de un mes, habÃa podido catalogar las ochenta y tantas especies de lavas del Vesubio; distinguir a simple vista un César contemporáneo del mismo César, de uno de los Césares en tiempos de Adriano; reconstruir, en fin, una estatua por un simple fragmento.
Sir Guillermo estaba embelesado viéndome adoptar sus gustos tan fácilmente y amoldarme a su vida de arqueólogo y de anticuario.