Historia de una cortesana

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XXXVII

La casa de sir Guillermo Hamilton, a nuestra llegada a Nápoles, no estaba preparada para recibir a una mujer; era un museo de sabio y de anticuario consagrado por completo a la geología, a la numismática y a la estatuaria. El pasado tuvo necesidad de ceder un puesto al presente.

Debo hacer justicia a sir Guillermo, declarando que no me escatimó ninguno de sus tesoros, y que escogí, en el inmenso primer piso del hotel ocupado por la embajada inglesa, tres cámaras destinadas a formar mi departamento particular, sin haberse permitido a las lavas del Vesubio, a las medallas de los Césares, a los fragmentos de los Apolos y de las Venus la menor protesta contra mí.

Por otra parte, es tal mi coquetería instintiva, que quise halagar a todas esas antigüedades, nuestros viejos sabios inclusives. Al cabo de un mes, había podido catalogar las ochenta y tantas especies de lavas del Vesubio; distinguir a simple vista un César contemporáneo del mismo César, de uno de los Césares en tiempos de Adriano; reconstruir, en fin, una estatua por un simple fragmento.

Sir Guillermo estaba embelesado viéndome adoptar sus gustos tan fácilmente y amoldarme a su vida de arqueólogo y de anticuario.


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