Historia de una cortesana

Historia de una cortesana

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Acostumbrada a hacer los honores de la casa, en el período de mi permanencia en la de lord Greenville, uno de los hombres más pulcros de Inglaterra, no tuve nada que aprender para colocar el salón de sir Guillermo a la altura de los salones más elegantes de Nápoles, que bajo este punto de vista, eran muy inferiores a Londres.

En aquellos días consideré oportuno, para acrecentar el entusiasmo de mis admiradores, dar a conocer mis aptitudes para la mímica. Como la mayoría de nuestros contertulios eran italianos, no juzgué a propósito darles representaciones de escenas de Shakespeare; sus estómagos delicados no habrían soportado este vigoroso alimento; me contenté con actitudes plásticas, y, en una misma sesión, alterné el manto judío con el capelo griego, el turbante otomano con la diadema asiática, hice pasar ante sus ojos a Judith, Aspasia, Roxelana, Elena, y arriesgué los primeros pasos del baile del chal, que más tarde obtuvo tan ruidoso éxito, no solamente en Nápoles, sino hasta en París, Londres, Viena y San Petersburgo.





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