Historia de una cortesana
Historia de una cortesana En la capital del reino de las Dos Sicilias, solo se hablaba al poco tiempo de la maravilla traída de Londres por sir Guillermo Hamilton; todos los hombres distinguidos de Nápoles, y hasta algunas mujeres, solicitaron el honor de ser recibidos en la embajada de Inglaterra; pero, con mucha humillación de mi parte y no poco asombro de la de sir Guillermo, no veíamos llegar ninguna invitación colectiva de la corte.
Sir Guillermo acompañaba siempre al rey en sus ejercicios de caza y de pesca, y pocas veces le hablaba de mí sin hacerle mi elogio. El rey le felicitaba por tener una mujer tan hermosa, tan distinguida e instruida; pero la cortesía real se detenía aquí.
Yo sabía que varias veces habían hablado de mí a la reina María Carolina; pero esta la desviaba siempre con marcada afectación.
Me aconsejaron que procurase encontrarme con la reina, como por casualidad. La cosa era fácil: la reina se paseaba a menudo, con sus hijas, por los jardines de Caserta, cuya entrada, sin ser pública, estaba abierta a las personas distinguidas, y aun a veces a las del pueblo que iban a pedir algún favor. Supliqué a lord Hamilton que la primera vez que tuviese necesidad de ir a Caserta, me llevase consigo, pues tenía vivísimos deseos de ver los jardines, cuya esplendidez tanto me habían ponderado.