Historia de una cortesana

Historia de una cortesana

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Sir Guillermo sospechó probablemente la verdadera causa de mi petición, y como, acaso más que a mí, le molestaba aquella especie de menosprecio de que era objeto yo, no tomaba a mal que un hecho agradable o desagradable diese lugar a una explicación.

Así que, cierto día que tenía que comunicar al rey despachos del gabinete de San Jaime, fuimos a Caserta. Sir Guillermo disponía allí de un departamento en el que era atendido por la servidumbre de Su Majestad. Antes de su viaje a Inglaterra, había usado frecuentemente de esta concesión; pero, después que yo llegué a Nápoles, aunque menudeaba sus idas a Caserta, nunca había pasado la noche en aquel lugar.

Después que hubo comunicado sus despachos, sir Guillermo recibió invitación del rey para quedarse en el castillo con objeto de acompañarle al otro día en una gran partida de caza. Sir Guillermo objetó mi presencia en Caserta, pero el rey le respondió:

—¡Pues, qué! ¿No tiene usted aquí sus habitaciones? Si lady Hamilton precisa algo, mis criados la servirán como si fuesen suyos.

Y todo quedó convenido.

Sir Guillermo aceptó en su nombre y en el mío, y preguntó al rey si había inconveniente en que yo me pasease por el jardín.

El rey se encogió de hombros, dando a entender que la petición era inútil.


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