Historia de una cortesana

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Sir Guillermo regresó henchido de gozo: mi presentación pública debía tener lugar el lunes siguiente. El rey no había opuesto ninguna dificultad y se había mostrado con su amigo Hamilton más afectuoso y comunicativo que nunca.

El mismo día, sir Guillermo me manifestó deseo de llevar a Nápoles un retrato mío hecho por Rowmney, que continuaba siendo el pintor en boga. Era imposible que sir Guillermo no conociese mis antiguas relaciones con Rowmney; pero se me demostraba tan pocas veces como marido, que comprendí perfectamente que no se manifestase celoso del gran artista.

Convinimos que al día siguiente por la mañana iríamos a sorprenderlo en su taller de Cavendish square. Estaba yo harto penetrada de la delicadeza de Rowmney para considerar necesario advertirle por medio de una carta que solo viese en mí a lady Hamilton. Es más, segura del predominio que ejercía sobre sir Guillermo, me regocijaba ante la perspectiva de la sorpresa que mi presencia inesperada causaría a Rowmney.

Como sir Guillermo deseaba tener mi retrato en carácter de odalisca, me puse un magnífico traje turco, y en un coche cerrado nos encaminamos a Cavendish square, poco distante del hotel de sir Guillermo.


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