Historia de una cortesana

Historia de una cortesana

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La casa me era conocida, y es preciso declarar que conservaba para ella algunos de mis buenos recuerdos. Sin haber jamás estado enamorada de Rowmney en el sentido que se da a esta palabra, le había profesado un afecto tierno, y su memoria no se presenta nunca a mi espíritu sin dedicarle una sonrisa.

El ayuda de cámara, que era el mismo de antes, me reconoció; le miré, indicándole con un signo significativo a mi marido que me seguía. Demostró haberme comprendido, preguntándome si debía anunciar a sir Guillermo y a lady Hamilton. Le respondí que no, que veníamos a hacer a su amo una visita de confianza, y que nosotros, personalmente, nos anunciaríamos.

El sirviente se apartó y me dejó pasar.

Entramos en el taller de Rowmney. Las cinco partes del mundo habían sido puestas a contribución para adornar aquel espléndido templo del arte. Reunidos en trofeos, veíanse las más hermosas armas de los pueblos salvajes y de los pueblos civilizados; las flechas de los indios y los damascos de Asia; las pieles de tigre de Bengala, las de león del Atlas, de oso de la Siberia, de pantera de Persia, aparecían encima de los muebles, se extendían por el suelo, tapizaban las paredes, en combinación con los maravillosos esbozos del maestro que íbamos a visitar. En una palabra, en esta amplia sala no había un sitio que no ofreciese a la mirada algún objeto precioso como valor material, o como valor artístico.


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