Historia de una cortesana

Historia de una cortesana

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Cogí la mano de Rowmney y la estreché con todas mis fuerzas. Tenía ganas de arrojarme a su cuello. Acababa de infiltrarme, hasta lo más profundo de mi ser, el sentimiento divino de la venganza cumplida.

Al otro día todos los diarios hablaban del baile de la Corte; algunos eludían el hablar de mí; pero, ¡bah!, mi causa estaba ganada ante la reina de Nápoles.

Al cabo de siete días, mi retrato quedaba terminado; pero, como debido a los accesorios orientales de que Rowmney lo había rodeado, antes parecía un cuadro que un retrato, sir Guillermo, celebrando de todos modos el talento desplegado por el artista, pidió a este que hiciese un segundo retrato tan desprovisto de adornos como sobrecargado de ellos resultaba el primero.

Rowmney no deseaba otra cosa; demostraba tanto placer en trabajar teniéndome por modelo a mí, que bien hubiese querido no servirse nunca más de otro distinto.

El mismo día que terminó el primer retrato, empezó el segundo. Este era de una verdadera simplicidad griega.

Estaba de frente, la cabeza descubierta y un poco inclinada sobre el hombro derecho; mis largos cabellos, sueltos y flotantes, caían sobre mi pecho, medio velado por una túnica de muselina; un manto de cachemir encarnado caía sobre mis hombros; la única alhaja era un cinturón de oro labrado al estilo árabe, conteniendo un camafeo con el retrato de sir Guillermo Hamilton.


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