Historia de una cortesana
Historia de una cortesana Este segundo retrato, que, a mi ver, superaba al primero, fue pintado en cinco días; es el mismo que sir Guillermo regaló a lord Nelson, quien lo conservaba en su camarote del Froudroyant, y volvió a poder mío a la muerte del almirante; es el mismo que, formando juego con el de Nelson, se ostenta en la miserable choza donde escribo estas Memorias. En mis días de miseria me han ofrecido hasta doce mil francos por ambos retratos, pero nunca he querido desprenderme de ellos, que reservo para dote de mi Horacia.
Durante nuestra estancia en Londres, sir Guillermo dio algunas reuniones, a las cuales invitó a la burguesía de la capital. Algunas gazmoñas no se dignaron honrarlas con su presencia, pero no dejó de concurrir ninguna joven de la aristocracia. Sir Guillermo quiso que en dos de esas tertulias fuesen representadas varias escenas de carácter: en una de ellas recité el monólogo de Julieta; en la otra, imité y canté la Nina.
Aquella noche produje un verdadero entusiasmo. Rowmney, singularmente, estaba fuera de sí.
Un día después escribía a uno de sus amigos lo que sigue: