Historia de una cortesana
Historia de una cortesana Sir Guillermo obtuvo permiso para visitar la Bastilla, el cual aprovechamos al otro dÃa.
A medida que nos acercábamos a la Bastilla, la multitud se hacÃa más compacta; creÃamos no poder llegar a la puerta de la fortaleza.
Llegamos, al fin, no sin haber sido blanco de insultos y rechiflas. El pueblo francés me pareció muy cambiado desde la época en que lo vi por primera vez.
M. de Launay, advertido de que el embajador de Inglaterra y su mujer visitarÃan la Bastilla, nos esperaba para hacernos personalmente los honores.
Empezó por preguntarnos si querÃamos ver los prisioneros, a lo menos los que le estaba permitido mostrar.
Pregunté si me serÃa dable librar a algunos de ellos.
M. de Launay me respondió que su galanterÃa no podÃa llegar a tal extremo.
—Entonces —le dije—, ya que no puedo hacer nada en su obsequio, prefiero no verlos.
—¿Qué desea, pues, ver usted?
—ParÃs desde lo alto de las torres.
Era muy fácil. M. de Launay tomó la delantera, sombrero en mano, resistiéndose a cubrirse a pesar de mis instancias reiteradas.