Historia de una cortesana

Historia de una cortesana

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Me preguntaba cómo un gentilhombre tan cortés podía ser tan severo con los prisioneros puestos bajo su custodia.

Contábanse de él cosas increíbles. Todos los empleos de la Bastilla dependían de su autoridad. Con sesenta mil libras de sueldo, encontraba el medio de hacerse ciento veinte mil. El vino, los víveres, la madera eran las principales fuentes de sus beneficios. El terrado de un baluarte se había convertido en jardín donde paseaban los prisioneros. Hasta con el jardín comerció, arrendándolo por cien francos al año.

Ya en lo alto de las torres, descubrió nuestra mirada todo el bulevar del Temple, el Jardín del Rey, Vincennes, los Inválidos.

En aquellas alturas pudimos apreciar cuán numerosa era la multitud a través de la cual habíamos pasado.

La masa popular se corría hacia el arrabal de San Antonio. Parecía muy excitada, y algunos hombres, al pasar, amenazaban con el puño a la Bastilla.

Esas manifestaciones hacían reír a M. de Launay.

Le pregunté el motivo de aquellos clamores.


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