Historia de una cortesana

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—¡Oh! milady —replicó M. de Launay, riendo—, se conoce que cree usted estar aún en Inglaterra, donde un oficial de policía, con solo tocar con el bastón al jefe del motín, dispersa una reunión de cien mil hombres. Desengáñese usted, milady; estamos en Francia, y en Francia, cuando el pueblo empieza a hacer de las suyas, no se detiene fácilmente. Háganme ustedes el honor de venir mañana a almorzar conmigo; pondré un centinela en las torres para que nos avise cuando el espectáculo comience, y, para postre, les prometo alguna escena dramática, de esas que no son corrientes ni se ven a diario.

Miré a sir Guillermo, que leyó en mis ojos el deseo de ser testigo de los acontecimientos del día siguiente; y, como mis deseos eran los suyos:

—Señor —dijo—, salvo el almuerzo, aceptamos milady y yo el ofrecimiento que usted nos hace.

M. de Launay se inclinó.

—Hay un inconveniente, señor —objetó—: los dos ofrecimientos van juntos y no pueden separarse. Se me ofrece una ocasión de sentar a mi mesa a uno de los primeros sabios del mundo y a la más hermosa mujer de Inglaterra, y no voy a dejar escapar esa ocasión.

Yo estaba asombrada y al mismo tiempo halagada de esta galantería francesa que brotaba, como flor natural, hasta en las piedras de una prisión.


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