Historia de una cortesana
Historia de una cortesana —Pues bien, señor —respond×; acepto en nombre mÃo y en el de mi marido, pero con una condición.
—Una condición impuesta por usted, milady, es aceptada de antemano, aunque fuese de entregarle las llaves de la Bastilla. Exponga usted esa condición.
—Que nos haga usted servir la comida ordinaria de los prisioneros, a fin de que algo me recuerde que almuerzo en una prisión.
—Será usted complacida, milady.
—¿Palabra de honor?
—Palabra de gentilhombre.
Tendà la mano a M. de Launay.
—Ya sé que, cuando un francés habla en tales términos, preferirÃa hacerse matar antes que faltar a su palabra. Hasta mañana, señor.
Y nos despedimos del galante gobernador de la Bastilla.