Historia de una cortesana

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El Embajador, que tal vez no era casado, o si lo era tenía por esposa a una mujer que no sería aficionada al teatro, respondió que muy a su pesar no podía complacer a sir Guillermo por carecer de palco.

Estaba tan desesperada, que rogué a sir Guillermo que llamase al huésped para preguntarle si conocía algún medio de procurarnos localidades, cualesquiera que fuesen, en la Comedia.

—No conozco más que un recurso —nos dijo—: escribir al mismo Talma.

Sir Guillermo hizo un ademán negativo.

—Es un joven muy bien educado —repuso nuestro huésped—; que se comunica con la mejor sociedad de París, y es un excelente patriota. Si Su Señoría se digna darse a conocer, es seguro que M. Talma hará todos los posibles para cumplimentar sus deseos.

Sir Guillermo volviose para mirarme, indeciso sobre lo que debía hacer. La suplicante expresión de mi rostro le trazó el camino.

—Sea, pues que tú lo quieres —dijo.

Cogió la pluma y escribió:


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