Historia de una cortesana

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La cabeza, sobre todo, era soberbia; los cabellos, cortados a la usanza antigua, la corona de laurel de oro ceñida a su frente, el manto de púrpura caído con negligencia sobre los hombros; todo eso imprimía un sello a la fisonomía del artista, que hacía retroceder al espectador diez y siete siglos atrás.

Todos los demás actores parecían máscaras.

El papel de Bérénice estaba a cargo, si mal no recuerdo, de una joven y bella actriz llamada Vestris.

Cuando se presentó, en la cuarta escena del segundo acto, al encontrarse frente a Tito, hizo de pronto un movimiento de sorpresa, y a seguidas reprimió un violento acceso de hilaridad. Tito iba desnudo de piernas y brazos, al paso que los otros llevaban calzones de seda.

Empezó a declamar su parte con gran entusiasmo. Luego que hubo dicho los primeros versos y que Tito responde, en vez de escuchar a este, le miraba de arriba abajo.

—¡Por Dios, Talma! —murmuró la actriz—, ¿no tiene usted peluca ni calzones?

—Querida amiga —le respondió Talma—, los romanos no los llevaban.

Me corrí al fondo del palco para reír a mis anchas en tanto que sir Guillermo, en su condición de anticuario, no cesaba de repetir:


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