Historia de una cortesana
Historia de una cortesana —¡Tiene razón! ¡Bravo, joven, bravo! Tiene usted todo el aspecto a propósito para confundirle con una estatua de Pompeya o de Herculano.
El trágico se inclinó ligeramente en señal de agradecimiento.
—¿Quiénes son los que ocupan tu palco? —preguntó con desabrido acento madame Vestris, mientras representaba.
—Unos artistas ingleses —respondió Talma con una ligera sonrisa.
—¡Sí, señor Talma —repuse yo mientras aplaudía—; somos artistas, verdaderos artistas!
Mis aplausos se renovaron a la salida de Tito. Esta salida, llena a la vez de desorden, de amor y dignidad, era ejecutada admirablemente por el novel trágico.
Al caer el telón, después del acto segundo, estallaron grandes aplausos en la sala, acompañados de ¡bravos! Desde nuestro palco no podíamos ver lo que pasaba; pero algunos actores se acercaron al telón y miraron por el agujero abierto en él.
—¿Qué sucede? —preguntaban los otros que no podían ver la sala.
—¡Bueno! —respondió uno de los mirones—; ¡no faltaba sino eso!
—¿Qué es ello?