Historia de una cortesana

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—¡Cómo!, ¿por ventura hay en la platea algún espectador sin calzones? —preguntó uno de los cómicos.

—No, pero hay en la orquesta un joven que, en el entreacto, ha ido probablemente a que le cortasen el cabello; está peinado a lo Tito, y es él a quien se aplaude.

Entre el segundo y tercer acto, el ejemplo fue imitado por tres o cuatro jóvenes. Al último acto, Talma tenía veinte imitadores en la sala.

Inútil es decir que de aquella noche arranca la moda de llevar los cabellos a estilo Tito.

Terminada la función, sir Guillermo Hamilton, adelantándose a mis deseos, mandó preguntar al ciudadano Talma si podíamos cumplimentarle en su camarín.

Nos contestó diciendo que lo consideraba un honor tan señalado, que no se habría atrevido a esperarlo, pero, que toda vez que se lo queríamos dispensar, lo aceptaba reconocido.

Nos dirigimos a su camarín.

Tito nos aguardaba a la puerta, para hacernos los honores. Nuestra sorpresa fue grande cuando, dirigiéndose a nosotros en excelente inglés, preguntó si Su Señoría quería o no guardar el incógnito.


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