Historia de una cortesana

Historia de una cortesana

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Y por otra parte ¡Londres!… La ciudad de mágico nombre, de la que todo el mundo hablaba, adonde todo el mundo quería ir y donde se precipitaban todas las ambiciones como los ríos en el mar. ¡Londres! solo el vivir en él, ya encerraba de por sí un valor inmenso. ¡Qué diferencia entre la vida en una ciudad de millón y medio de habitantes y la vida en un lugar del Flintshire, montañoso y a corta distancia de las tristes y solitarias playas del mar de Irlanda!

En tal disposición de ánimo, al volver el lunes por la mañana a Hawarden, pareciome la casa más sombría y monótona que nunca.

Una circunstancia contribuyó a aumentar mi tristeza. Según costumbre, el jueves siguiente acompañé a los niños a jugar en la pradera. En sus juegos, yo no tomaba parte ya. Estaba sentada sobre el tronco de un árbol talado, fijo mi pensamiento en aquella populosa ciudad desconocida, centro de mis anhelos todos, cuando oí un ruido de pasos y un alegre rumor de voces.

Levanté la cabeza. Eran mis antiguas compañeras de colegio que venían en dirección al sitio en que yo me encontraba.

Me puse en pie para saludar a la señora Colmann, que apenas pareció reconocerme. Me correspondió con un ligero movimiento de cabeza, sin dirigirme la palabra.


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