Historia de una cortesana

Historia de una cortesana

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Citaré otras dos anécdotas que completarán el retrato que he trazado del Rey; luego relataré los acontecimientos que perturbaron el reino de Nápoles y en los cuales tomé parte, más bien por amistad al Rey y a la Reina, que por antipatía razonada al pueblo francés y a los patriotas italianos.

El Rey cazaba en uno de sus bosques; una pobre mujer se encontró con él. No le conocía, y, al parecer, estaba muy desconsolada. Sin poseer el corazón ni la inteligencia de Enrique IV, Fernando tenía una especie de instinto para las aventuras populares. Se acercó a la pobre mujer y la interrogó. Díjole esta que era viuda, que tenía siete hijos a quienes alimentar, para lo cual solo contaba con un pequeño campo que acababa de ser devastado por la jauría del Rey.

—Así que, usted reconocerá, señor —añadió la viuda llorando—, que es muy sensible tener por soberano un cazador cuyos placeres son causa de lágrimas vertidas por sus súbditos.

Fernando le respondió que sus quejas eran justas y que, como quiera que él estaba al servicio de Su Majestad, no dejaría de enterarle de lo ocurrido.

—¡Oh! —dijo la pobre mujer—, haga usted lo que mejor le parezca, pues nada espero. Solo un hombre sin corazón puede destruir, para dar satisfacción a sus gustos, la propiedad de los infelices, que no pueden nada contra él.


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