Historia de una cortesana
Historia de una cortesana Estas palabras de la viuda no fueron obstáculo para que el Rey la acompañase hasta su choza, a fin de ver por sí mismo el estrago en cuestión.
Una vez en la mísera vivienda, llamó a dos campesinos vecinos de la mujer y les suplicó que justipreciasen el valor de lo destruido. Hecho el cálculo, se evaluó el perjuicio en veinte ducados.
El Rey sacó de su bolsillo sesenta ducados, de los que entregó cuarenta a la viuda, diciendo que era muy justo que un rey pagase doble que un particular.
Los otros veinte ducados fueron distribuidos entre los dos árbitros.
Un día a la semana, el Rey daba audiencia en Capodimonte, palacio construido por Carlos III expresamente para la caza de los papafigos; aquel día, todo el mundo podía presentarse a él, sin necesidad de previo permiso. Solamente era cuestión de esperar turno, por lo que las antesalas quedaban atestadas de visitantes.
Un viejo cura de los alrededores de Capodimonte, que tenía que pedir un favor al Rey, resolvió aprovechar ese día de audiencia pública y dirigirse directamente a Su Majestad.