Historia de una cortesana

Historia de una cortesana

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Pero, como la antesala podía ser más o menos larga, tomó precauciones contra el hambre, y se puso en el bolsillo un pedazo de pan y otro de queso. No era que tuviese la intención de comer en la antecámara; por nada del mundo hubiese cometido semejante falta de respeto. Pero, teniendo que recorrer tres leguas a pie para regresar a su aldea, pensaba, una vez obtenida la audiencia, detenerse en la primera fuente que encontrase y comer allí sus provisiones, rociándolas con algunos tragos de agua, a fin de reanudar la marcha hacia su curato después de haber reparado sus fuerzas.

Al cabo de tres o cuatro horas de espera, le tocó el turno, y entró.

El Rey estaba sentado en un sillón, y, acostado a sus pies, había un gran perro de lanas, que era su favorito a causa de la delicadeza de su olfato.

No bien apareció el cura, el perro levantó la cabeza, y, moviendo la cola, empezó a olfatear.

Todas sus demostraciones cariñosas iban dirigidas al cura, o, por mejor decir, al pedazo de queso que el visitante llevaba en el bolsillo. Conocida es la irresistible afición que los perros de caza tienen por dicho comestible.

Conforme el cura se adelantaba haciendo profundas reverencias, el perro se levantó y se puso a su lado.


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