Historia de una cortesana

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El presbítero, que no atinaba cuál podía ser la causa de aquellas demostraciones, lo miraba no poco alarmado.

Esa inquietud se trocó en terror viendo que el perro se colocaba a sus espaldas. Y creció de punto el espanto cuando, en plena exposición de su demanda, sintió el hocico del can introducirse en su bolsillo.

El cariño del Rey por los perros era notorio; no era cosa de desembarazarse de aquel predilecto del Rey por medio de un puntapié, y, con todo, el atrevido empezaba a llevar la indiscreción hasta lo insufrible.

En cuanto al Rey, saltaba de gozo; insensible a un chiste, a una burla de buena ley, el ridículo vulgar le complacía en extremo.

Interrumpió al cura en medio de su discurso, diciendo:

—Perdón, padre; pero ¿qué tiene usted en su bolsillo que tanto atrae la atención de mi perro?

—¡Ah, señor! —respondió indeciso el cura—, un simple pedazo de queso destinado a mi comida de esta noche; son las cuatro de la tarde, tengo aún que salvar tres leguas para llegar a mi curato, y mis recursos no me permiten quedarme a comer en la ciudad.


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