Historia de una cortesana
Historia de una cortesana Efectivamente, esa era su intención.
Entonces le pregunté si me permitÃa pasar a una pieza contigua para cambiar de ropa.
Se encogió de hombros, y respondió:
—¿Para qué tales ceremonias entre nosotras?
Yo me encontraba bastante cohibida.
—Déjeme hacer —añadió—, seré su camarera, y usted verá que lo hago bien.
Estaba yo tan confundida, que no sabÃa lo que hacÃa; balbucÃa, temblaba, me pinchaba los dedos con mis alfileres, y procuraba desprenderme de las manos de la Reina.
—Pero ¿está loca? —decÃa—. Deje usted; se lo mando.
Para demostrarme que la orden, aunque pronunciada con tono imperativo, envolvÃa un nuevo favor, me dio un abrazo.
Un estremecimiento recorrió todo mi cuerpo.
Estaba tan lejos de esperar semejantes familiaridades por parte de una reina que pasaba por ser la mujer más altiva e imperiosa de su reino, que creÃa estar soñando. Me preguntaba si aquella mujer era realmente la hija de la emperatriz MarÃa Teresa, y si era yo, en efecto, la hija de una pobre moza de cortijo.
Me sentÃa presa de una especie de desvanecimiento moral.