Historia de una cortesana
Historia de una cortesana De grado o por fuerza, tuve que dejar hacer a la Reina su voluntad. Me ayudó a quitar el vestido con que yo venÃa; me puso uno de satén blanco, y en la cabeza una pluma blanca. Después acercó nuestras cabezas al espejo, y miró un instante.
Con acento un tanto mohÃno:
—A fe mÃa —dijo—, hago aquà un triste papel. Decididamente, milady Hamilton, usted es más bonita que yo.
Yo estaba confusa, colorada hasta las orejas y no sabÃa dónde esconderme.
—Vuestra Majestad —contesté—, me permitirá que no participe de su opinión. Tal vez soy bonita; pero Vuestra Majestad… ¡oh! Vuestra Majestad es hermosÃsima.
—¿Siente usted lo que dice, o es por pura adulación?
—¡Oh!, ¡se lo juro! —exclamé desde el fondo de mi alma.
—Asà que —dijo lanzando una mirada a sus magnÃficos hombros—, si usted fuese hombre, querida lady, ¿se enamorarÃa de mÃ?
—Más que esto, señora; la adorarÃa de rodillas.
MarÃa Carolina sacudió la cabeza, sonriendo con melancolÃa.