Historia de una cortesana
Historia de una cortesana ¿Tengo necesidad de recordar a mis lectores el grado de perfección a que habÃa llegado en esa clase de representaciones, mitad cantadas, mitad gesticuladas? Desde la primera estrofa, me identifiqué completamente con el personaje, y por consiguiente, me apoderé de mi pequeño público. Si los aplausos no me interrumpÃan al final de cada estrofa, era porque el auditorio temÃa perder un acento de mi voz, una vibración del instrumento; pero, cuando en el último verso de la última estrofa, cayendo de rodillas, puesta la mirada en el cielo, dirigà a la diosa esta súplica:
Yo te imploro de rodillas. ¡Socorro, Venus, socorro!…
Se produjo un movimiento general de admiración y asombro.
Era innegable que acababa de producir un efecto desconocido, una emoción ignorada, algo completamente nuevo, no esperado.
La Reina me abrazó con efusión.
—¡Otra vez, otra vez! —exclamó—. Emma, yo te lo pido.
—Majestad —le dije—, debo mi éxito a una sorpresa; desde el momento en que ya no habrÃa sorpresa, dejarÃa de haber éxito. No exija, pues, de mà una repetición; pero intentaré otra cosa, si asà lo quiere Vuestra Majestad.