Historia de una cortesana
Historia de una cortesana —Todo cuanto quieras; pero ¡pronto, pronto! Estamos ansiosos por aplaudirte. ¿Ha visto usted nunca algo parecido, Gatti? ¿Y usted, Rocca-Romana?
Como es de suponer, la respuesta fue unánime y favorable para mÃ.
Todo el mundo se unió a la Reina para pedirme otra cosa.
Estaba yo segura, del efecto que producirÃa en la escena de la locura de Ofelia.
Pedà a la Reina un velo de tul y adornado de flores.
—Ven a mi gabinete —me dijo—, y escogerás entre todos mis velos el que más te agrade. En cuanto a las flores, en la azotea encontrarás todas las que quieras.
La Reina y yo pasamos a su dormitorio. Elegà un velo sencillo, y luego fuimos a la azotea.
—¿Quieres este geranio? ¿Quieres esta rama de naranjo, esta flor de adelfa?
No era precisamente esto lo que yo necesitaba; esas flores de la civilización y de la aristocracia hacÃan contraste con la locura de Ofelia. Las flores que a esta convenÃan eran amapolas, acianos… ¿qué sé yo? Las flores que me ofrecÃan eran buenas para la hija de MarÃa Teresa, pero no para la de Polonio. Mas yo empezaba a no mostrarme ya tan exigente, y a tomar perlas y diamantes cuando no encontraba otra cosa.