Historia de una cortesana

Historia de una cortesana

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No intentaré expresar el asombro de mi auditorio; probablemente, era la primera vez que la poesía del Norte, pálida y quejumbrosa, penetraba en sus almas. Solo la Reina reconocía en ello algo de los poetas de su nebulosa patria.

Un grito de todos los pechos me acompañó al retirarme, y el rumor de los sollozos, confundido con el de los aplausos, me siguió hasta mi gabinete.

La Reina se precipitó tras de mí, y me cogió entre sus brazos.

—¿Quién hay? —preguntó, oyendo el ruido de pasos que se acercaban.

La importuna, que era o la San Marco o la San Clemente, o se volvió al salón, o no dio un solo paso más adelante.

La Reina pareció reflexionar un instante; de repente, dijo:

—Aguarda, y no vuelvas al salón.

Yo no deseaba otra cosa; estaba muy cansada.

Me dejé caer sobre un sillón; la Reina se separó, y oí que decía:

—Nuestra inglesa, para mayor gloria de su poeta y para mejor recrearnos, se ha excedido, de suerte que se siente poco menos que muerta de cansancio. Les pido conmiseración para ella. Buenas noches, señores.

—¿Está permitido, cuando menos, aplaudirla? —preguntó Rocca-Romana.


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