Historia de una cortesana

Historia de una cortesana

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—¡Oh! cuanto ustedes quieran —dijo la Reina—, en el bien entendido de que jamás aplaudirán bastante. ¡Reconozcan que es maravilloso!

Estalló una tempestad de aplausos y aclamaciones; la Reina dio las gracias a sus damas de honor que le ofrecían sus servicios, y cerró la puerta tras ellas.

Cuando volvió, me vio levantando la cortina de seda del salón.

—¡Ven, sirena!, ¡ven, Circe!, ¡ven, Armida! —dijo.

Y echándome el brazo alrededor de mi cuello, me empujó hacia el canapé.

Enlazadas, caímos cerca del arpa.

—¡Oh! —dijo la Reina—, has cantado las estrofas de Safo empezando por este verso:

»¡Hija de Júpiter, oh, Venus inmortal!

»No eran estos versos los que me debías haber cantado, sino estos que empiezan así:

»Sentado a tu lado, este que suspira…

—Yo no podía cantárselos, querida Reina —le dije— porque no los sabía.

—Bien, yo los sé —replicó—, y voy a decírtelos.


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