Historia de una cortesana

Historia de una cortesana

LI

Durante todos estos días de zozobra que siguieron a la llegada del correo, la Reina exigía que yo permaneciese a su lado; era brutal, violenta, impaciente para todo el mundo; solo se mostraba dulce y bondadosa conmigo, y solo a mí contaba sus temores y sus esperanzas.

El correo de la Embajada llegaba cada semana. El 16 era el día de su llegada. Este día, paseando la Reina y yo por el viejo parque de los duques de Caserta, un secretario del ministerio de Estado se presentó a nosotras, introducido por uno de los ujieres del palacio. La Reina vio de lejos que ese secretario tenía una carta en la mano; levantose del banco en el que estábamos sentadas y rápidamente salió a su encuentro.

El joven se inclinó y le entregó la carta.

La Reina la abrió con rapidez, la leyó, hizo un signo de impaciencia, y me la pasó.

—¿Tiene Vuestra Majestad algo que ordenarme? —preguntó el joven.

—No, señor; solo tengo que darle las gracias.

El joven se inclinó, y al retirarse, pidió que se autorizase al ujier para darle un recibo de la carta y certificar que había sido entregada a la misma Reina.

El ujier recibió orden de hacer lo que se le pedía. Él y el secretario se alejaron.

La Reina echó un brazo alrededor de mi cuello, y leyendo por encima de mi hombro:


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