Historia de una cortesana
Historia de una cortesana Durante todos estos dÃas de zozobra que siguieron a la llegada del correo, la Reina exigÃa que yo permaneciese a su lado; era brutal, violenta, impaciente para todo el mundo; solo se mostraba dulce y bondadosa conmigo, y solo a mà contaba sus temores y sus esperanzas.
El correo de la Embajada llegaba cada semana. El 16 era el dÃa de su llegada. Este dÃa, paseando la Reina y yo por el viejo parque de los duques de Caserta, un secretario del ministerio de Estado se presentó a nosotras, introducido por uno de los ujieres del palacio. La Reina vio de lejos que ese secretario tenÃa una carta en la mano; levantose del banco en el que estábamos sentadas y rápidamente salió a su encuentro.
El joven se inclinó y le entregó la carta.
La Reina la abrió con rapidez, la leyó, hizo un signo de impaciencia, y me la pasó.
—¿Tiene Vuestra Majestad algo que ordenarme? —preguntó el joven.
—No, señor; solo tengo que darle las gracias.
El joven se inclinó, y al retirarse, pidió que se autorizase al ujier para darle un recibo de la carta y certificar que habÃa sido entregada a la misma Reina.
El ujier recibió orden de hacer lo que se le pedÃa. Él y el secretario se alejaron.
La Reina echó un brazo alrededor de mi cuello, y leyendo por encima de mi hombro: